

En Camagüey existe un puente sobre el que nadie camina tranquilo de noche.
No porque sea peligroso en el sentido habitual. Sino porque desde el siglo XVIII, demasiadas personas han escuchado lo mismo en noches distintas, sin haberse puesto de acuerdo: pasos firmes y rítmicos sobre la piedra, cuando no hay nadie visible que los produzca.
No corren, no flotan, caminan. Con el peso y el ritmo de personas reales que tienen un destino, aunque ese destino ya no esté en este mundo.
El padre Fernando Hidalgo fue el primero en investigarlo seriamente. Pasó una noche solo en el puente y sintió el aire condensarse a su alrededor, como si una multitud invisible estuviera pasando en silencio. Luego buscó en los archivos parroquiales y encontró lo que no esperaba: durante años, aquel tramo del río había guardado ahogados sin nombre, muertos sin entierro digno, almas que nadie había recordado con los ritos que merecían.
No eran apariciones vengativas. Eran recordatorios.
La partera Alicia Fuentes lo entendió mejor que nadie: "El puente no está embrujado. Está ocupado. Por quienes no tuvieron un lugar donde quedarse."
Comenzó a dejar ofrendas, flores, velas, como cortesía hacia quienes vivían en ese umbral entre el agua y la piedra. Mientras lo hizo, los pasos disminuyeron. Cuando murió, volvieron.
Porque el olvido no hace desaparecer a los muertos. Solo los hace más ruidosos.
