

Centinela no era un perro hermoso. Era uno de esos animales pardos, sin raza definida, que la ciudad produce entre sus callejones. Pero tenía algo que los perros hermosos raramente poseen: una atención completa y constante hacia todo y hacia todos.
Vivía con Doña Josefa de Almenares, viuda y maestra de bordado, en una casa de muros gruesos cerca de la plaza mayor. No ladraba sin razón, no pedía atención, no hacía ruido innecesario. Solo existía con la presencia tranquila de los seres que han encontrado su propósito sin que nadie se los explique.
Cuando un hombre llamado Fernando Matos comenzó a presionar a Doña Josefa para quedarse con su casa, Centinela apareció en el umbral, sin ladrar, solo mirando. Fernando Matos se fue sin que nadie pudiera explicar exactamente por qué.
La noche que los hombres de Matos entraron por la huerta con intenciones más oscuras, Centinela estaba en el patio. Lo que ocurrió nunca se supo del todo. Solo que los intrusos salieron corriendo y no regresaron, y que al amanecer el perro estaba inmóvil en el centro del patio, sin herida visible, como si hubiera agotado todo lo que tenía en un solo acto de voluntad.
Tres semanas después de su muerte, una vecina lo vio en el umbral. Del mismo tamaño, la misma postura, las mismas orejas ligeramente caídas. Pero sus ojos ya no eran ambarinos, eran grises, como la piedra.
Desde entonces, el Perro de Piedra aparece en los rincones de Camagüey donde alguien vulnerable necesita, sin saberlo, un poco de presencia no asusta, protege. Y en una ciudad donde la protección verdadera escasea, eso merece respeto.
