

Antes de que Camagüey tuviera nombre, hubo un cacique que gobernaba las llanuras centrales de la isla, no por fuerza, sino por conocimiento. Camagüebax conocía cada curva del río, cada sendero, cada secreto de la tierra que cuidaba. Cuando conoció a Tínima, hija de un cacique del norte, reconoció en ella algo que pocas veces se encuentra: alguien que entendía el mundo de la misma manera.
La conquista española llegó y lo cambió todo. Las batallas no fueron de grandes ejércitos, sino de resistencia silenciosa, de conocer el terreno mejor que el invasor. Pero en la retirada, Tínima cayó. El cacique llegó tarde. La encontró a la orilla del río, donde el agua corría más lenta, como si también ella se hubiera detenido a escuchar.
Dicen que Camagüebax habló en voz baja, dirigiéndose al agua, dijo: "Lleva su nombre. Para que nadie lo olvide."
Desde ese día, el río se llama Tínima. No por decreto ni por documento oficial. Por repetición silenciosa, por la manera en que el pueblo comenzó a nombrarlo naturalmente, como si el nombre siempre hubiera estado ahí esperando ser reconocido. Hoy el río sigue cruzando la ciudad, llevando consigo un nombre de mujer en cada corriente.
Porque hay muertes que no se entierran. Se convierten en geografía.
